La historia

Rascacielos cuenta la historia de un hombre con traje y Óscar, un niño de ocho años. En el mundo de Óscar los hombres con traje habitan los rascacielos. Nunca se esconden. Los hombres con traje llevan abrigos largos, cargan maletines con buenas noticias y son felices. Son tan felices que todos quieren ser como ellos. En el mundo de Óscar —su padre se lo tiene dicho—los hombres con traje nunca lloran, no tienen motivos para hacerlo. Hasta que un día ocurre y todas esas reglas que Óscar pensaba que siempre se cumplían, se desmoronan.

Cuando eres niño y una tarde lluviosa, a la vuelta de clase, te das cuenta de que un extraño se ha escondido debajo de la cama, no dices nada. No dices una sola palabra a tus padres. Total, piensas, una tarde lluviosa, con el jaleo de los paraguas, ese tipo de malentendidos ocurren. Los huecos de las camas se parecen y como se parecen, al principio, cuando eres niño, no dices nada. No abres la boca ni siquiera al notar un pequeño charco de agua en la alfombra o que la cama se estremece por culpa de un estornudo [...]
"Rascacielos", de Javier Pascual


Este fragmento abre el relato original del que surgió el guión. Rascacielos habla del deseo. Del deseo frustrado —el del hombre con traje que un día no tiene otro remedio que esconderse debajo de una cama— del deseo no alcanzado —el de los padres de Óscar—, y del propio deseo del niño, que se va consolidando a lo largo de la historia, hasta terminar de perfilarse y coger impulso para rebelarse, para salir a flote.

Rascacielos cuenta siempre hacia arriba, siempre tratando de aprovechar al máximo el espacio disponible. Tal y como hacen los rascacielos. Los rascacielos son el mundo de los hombres con traje, allí se sienten seguros y tranquilos, hasta que un día un murmullo remoto les cosquillea en el pecho y tienen que salir corriendo.

Al principio parece solo una pequeña molestia. Basta una aspirina. A la mañana siguiente, el hombre con traje camina con paso ligero hasta el rascacielos y allí se calma del todo como es natural. Porque para eso se levantan rascacielos. En eso consisten. Por esa razón no huelen, no tienen ruidos y tampoco bultos, y por esa razón dos operarios —con mono blanco— se cuelgan de un vagón y limpian los cristales: para que no tengas que ver manchas ni rastros de vete tú a saber qué. En los rascacielos —te dicen desde pequeño— se vive tan cómodo que ni siquiera te das cuenta, y así es hasta que, otra vez, al hombre con traje le asalta el cosquilleo. [...]
"Rascacielos", de Javier Pascual

Cuando Óscar le pierde miedo al hombre con traje, se acerca por fin a él. Al principio no es más que un cómplice nocturno, que le deja la luz encendida o le pasa pañuelos; hasta convertirse —una vez que lo comprende— en un amigo. La situación del hombre con traje mejora, y ese cosquilleo del pecho, desaparece. Para no volver. Pero el padre de Óscar no quiere hablar de ello. Ni de su marcha. Ni por tanto, de su curación.

Los padres sirven para poner el termómetro cuando tienes fiebre pero poco más. Tienen prohibido hablar de los hombres con traje que se esconden. No pueden. O no deben. O no quieren. Llegan tarde de trabajar y aparentan no escucharte si les llamas a mitad de la noche. Se niegan a hablar de hombres que viven, por temporadas, bajo otras sábanas porque lo único importante es que, al final, los hombres con traje regresen. Preparados para enseñar a montar a sus hijos en bicicleta. [...]
"Rascacielos", de Javier Pascual

Al final de la historia los padres de Óscar hacen lo que se espera de ellos, encontrar un traje que le siente bien. La gente tiene niños para rellenar trajes que ya existen de antemano, antes de que nazcan esos niños su futuro está decidido. En bandeja, sin posibilidad de elección o de vuelta atrás. Pero algunos de esos niños, tal y como hace Óscar, se rebelan. Empieza todo con un botón que se desprende y que salta al vacío, y termina en la búsqueda del deseo. Del real.

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