El diario de rodaje
A modo de justificación
Mariana nos pidió a Berna, a Ángeles y a mí que escribiéramos un diario de rodaje de su primer corto. Lo hizo para matar dos pájaros de un tiro (en este caso, a cuatro): que pudiéramos asistir las tres al corto sin estorbar mucho y, además, que alguien escribiera sobre un mundo tan tercamente visual. Me encantó la idea, así podría servir de algo en el rodaje y formar parte del proyecto más importante, hasta el momento, en la vida de una de mis mejores amigas.
Nos repartimos los días: yo iría el primero, el viernes, Berna el segundo y Ángeles el tercero. Pero Berna, no recuerdo ahora por qué, no pudo asistir, así que la sustituí el sábado. Lo cierto es que, aunque no hubiera faltado, yo hubiera ido los tres días, como de hecho hice (el tercero no cuenta mucho, pero de eso ya os enteraréis, y menos mal que estaba Ángeles, porque si no no habría diario de rodaje del domingo).
En un rodaje se respira un cierto aire adictivo. Engancha, como lo hacen todas las demás artes. A mis alumnos les suelo decir que la escritura es una droga; y esto mismo se lo he escuchado a músicos, pintores, escultores, arquitectos y bailarines. El que se llamara al cine el séptimo arte siempre me pareció —y que me disculpen mi necedad— un intento de elevar una profesión a arte, pero que en realidad no se merecía tal reputación. Aquí y ahora, me toca agachar la cabeza y asumir mi error. Es un arte. Y crea adicción. Es pura droga. El esfuerzo, el entusiasmo, la energía, los quebraderos de cabeza, todo, todo lo que vi en esos tres días es comparable a los que se viven en cualquiera de las artes que yo he catado, y que me imagino que se sufren en las que no conozco. Si me pusiera a hacer paralelismos entre mi mayor expresión artística, la escritura, y el cine (o al menos lo que vi en el rodaje de Rascacielos) no dejaría espacio para la transcripción del Diario de Rodaje. Y tampoco es plan.
Lo que vais a leer son minuto a minuto mis anotaciones durante esos días. Algunas las he recompuesto porque no había quién entendiera lo que había redactado, pero la mayoría están tal cual las escribí. He preferido mantener la frescura de mi ignorancia y cómo esta iba disipándose según preguntaba a todo el que pillara del equipo y que estuviera dispuesto a responderme.
Como la relectura ha sido una delicia y me ha traído a la cabeza un montón de recuerdos, no he podido evitar meter mano al texto, pero lo he hecho en forma de notas, escritas tres meses después del rodaje y bien marcadas para que no interfieran en el diario.
Antes de dejaros con su lectura, haré una pequeña aclaración. El primer día ya se me bautizó como la writing of del rodaje; el término creo que lo acuñamos allí, como Mariana creó una nueva figura para el mundo del cine: el escritor que escribe lo que ocurre en un rodaje. Me sentí muy a gusto con el nombramiento y con el puesto, así que si algún otro quiere disfrutar de un Diario de Rodaje como este, no tendría ningún problema en volver a vivir esta experiencia. Dicho esto, os dejo con el writing of de Rascacielos. Que lo disfrutéis.
Sábado 4 de septiembre de 2009
13.55: Me he perdido en el laberinto de Fuencarral, parece mentira que no lo conozca después de tantos años de venir por aquí. He necesitado una hora para asumir que no sabía llegar al lugar del rodaje. He aparcado al lado del Metro y he llamado a Javi para que me viniera a buscar. Al fin he llegado.
14.00: Estoy en un rincón, sentada en unas escaleras. Hay un montón de gente por todos lados. No sé quién es quién. Pedazo de cámara en medio del callejón, graban a un niño con una pelota de baloncesto. Jaime, con los pelos de punta y cuaderno en mano, ronda alrededor de la cámara. Mariana, con riñonera playera y con gafas, habla con el niño, escucha a Jaime. No los oigo. Pasa un avión. Alguien grita: ¡¡¡VAAAALEEEE!!!”. Han cortado. Tardo unos segundos en darme cuenta del porqué: “El avión, claro”, pienso.
[Nota: más adelante, descubrí que el grito provenía de la garganta de Alexis Arderius, el ayudante de dirección.]
14.10: Mariana y Jaime hablan. Preparan la escena del balón. La llamo “la gran ocasión” porque no dejan de repetirlo, para que el niño se acuerde de lo que tiene que decir. Escucho a Jaime preguntar a Mariana qué quiere de todo lo grabado. “¿Tanto han grabado?”, pienso mientras me duele todavía el haberme perdido en el barrio en el que mi madre enseñó durante mi adolescencia y en el que paraba cuando no me apetecía quedarme en el barrio del Pilar, donde crecí. A mi lado está Pack, lee por encima de mi hombro. “¿Y tu función cuál es?”, le pregunto. “Soy conductor de primera”, responde.
[Nota: Pack fue el primero en eso de leer por encima del hombro, pero no fue el único, ahora recuerdo entre risas como gente acostumbrada a que los graben y los fotografíen se ponían nerviosos ante un cuaderno lleno de garabatos; no paraban de preguntarme qué escribía, con curiosidad y cierto reparo, como si les estuviera escondiendo algo; y a mí no dejaba de resultarme muy curioso, porque a mí que me graben la voz o mi imagen y que me fotografíen me provoca recelos, los mismos que ellos sentían ante mi cuaderno.]
El ayudante de dirección, gorra y camiseta azul, se lleva al niño para seguir grabando. Mariana se arrodilla junto a Dani, así se llama el niño, que se apoya en el enorme balón de baloncesto.
El difusor (uno de los técnicos de luz me ha dicho que se llama así, pero hay tantos que van y vienen que no sé quién ha sido el que ha respondido a mi pregunta) se despega, lo arreglan y lo ponen encima del niño. Quisiera parecer inteligente y explicar por qué carajo sitúan esa cosa ahí, pero solo se me ocurre que sirve de maravilla para aplacar el sol (algo tendrá que ver, digo yo) y para crear una imagen de lo más rocambolesca alrededor de una escena que ya lo es de por sí. La mitad miran cómo trabaja la otra mitad, el niño juega, Mariana y Jaime echan humo de tanto pensar, todos en torno a una máquina que debe pesar una tonelada y que me recuerda una barbaridad a Número 5 (no puedo evitar mi lado friki).
[Nota: aquí dejo una foto del protagonista de Cortocircuito, Número 5.]

14.15: El obstructor de luz está sobre el niño. Pack dice que se llama bandera y a mí me da que se parece bastante más a una de esas placas que usábamos de pequeños para imitar el ruido de los truenos. Ensayan el plano.
2.1. Debajo de la sombrilla y el difusor se encuentra un montón de gente en corrillo. ¿Qué diantres estarán haciendo? No me entero de nada. Pack y yo nos achicharramos en las escalerillas del rincón de la calle Mataró 187, que está en el centro del laberinto de Fuencarral y a la que no se puede llegar con coche, que conste que fue por eso por lo que me perdí. A unos pasos, una mujer se refugia a la sombra de un edificio, parece un colegio, lleva pendientes de pluma de pavo real y es un encanto. Me cuenta que es la madre de Dani, el niño actor, y que se llama Iluminada.
14.20: Jaime escribe algo en un cuaderno. Tengo curiosidad y miro por encima del hombro, pone “parte de continuidad” y él escribe “hora 3, día 1, plano 2.2).
[Nota: ahora sé que esa es una de las funciones de un script, que era el puesto de Jaime Bartolomé en el rodaje.]
Con un metro miden la distancia entre el niño y la cámara (miden las posiciones del actor). El director de fotografía establece el plano. Mariana habla con Dani, le tapa la cabeza con los papeles que lleva en la mano, se abanica con ellos. Parecemos chinchillas. Todavía no entiendo muy bien cuál es el papel de Mariana en todo ese galimatías pausado, no hay prisas, solo hay gente que mira y gente que hace cosas raras. Pero me fijo en ella, de la oreja derecha le cuelga un pendiente con forma de estrella amarilla.
Continuará...

