Archivos Enero 2010



Todavía queda un mes para que el corto se estrene en cine, y algo más para que empiece la distribución. Así que tengo algo de margen para hablar de las personas que me han ayudado a rodarlo, y hay alguien importante a quien no he mencionado aún en ninguna entrada: Alexis Arderius, mi ayudante de dirección. Lo conocí gracias a Jaime, y los dos han sido las piedras angulares de este corto. Como los dos lados del triángulo que sujetan a la hipotenusa. Pues lo mismo.

Siempre he oído que el ayudante de dirección era el que controlaba el tiempo en un rodaje, y que por tanto era muy importante que tuviera las cosas claras. También decían que un mal ayudante de dirección te puede hundir un rodaje, que un buen ayudante debe tener una voz potente y ser muy amable, y muy diplomático. Algo así como un negociador perfecto, vaya. Yo me imaginaba, con la mezcla de todas estas cosas, a alguien con miles de objetos colgados en el cuello: un megáfono, un reloj enorme, planos del lugar, cintas métricas, varios teléfonos, un botiquín de primeros auxilios, en fin, un poco de todo y siempre por si acaso.

No he tenido más ayudantes de dirección, pero tengo claro que si alguien me pide que le recomiende a alguien les diría que Alexis. Antes del rodaje y desde la primera reunión, me ayudó a hacerlo más real, a ordenarlo poco a poco; me preguntaba qué cosas me preocupaban y, una a una, se encargaba de resolverlas. En rodaje se portó muy bien, y fue complicada la cosa porque íbamos muy retrasados y hubo que meter tijera, sobre la marcha, en muchas escenas más que planificadas. Es decir, que todo su plan de rodaje se vio trastocado una y otra vez, una y otra vez. Yo confieso que estaba más que perdida, era imposible llevar un orden de todo eso, miraba a Jaime de vez en cuando y confiaba en su cuaderno de script y sus afirmaciones con la cabeza. Alexis sí llevaba el orden. Y además resolvía y filtraba todos los problemas para que, si llegaban a mí, ya estuvieran masticaditos. Todo esto con una sonrisa, claro.

Recuerdo que después de uno de los momentos de bajón —porque los hubo, claro, que yo el sábado por la tarde tenía clarísimo que eso no lo acabábamos ni de milagro—, me llevó aparte y me dijo algo así: cuando acabe todo esto vas a recordar este momento con mucho cariño. Y tenía razón, porque cuando todo la montaña se hunde —o el escalador llega a la cima— estamos más que vivos, y claro que lo recordamos con cariño.

Tenemos corto

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Ahora sí. Está acabado. Dentro de unos diez minutos sale el DVD con el corto del ordenador de Juan. Con sus créditos definitivos, la imagen definitiva, el sonido definitivo, la música definitiva... Y está precioso.

Como esto es un proceso casi eterno aún quedan detalles. Rafa está trabajando con la foto para el cartel, y todavía hay que diseñar bien la carátula y esas cosas. Pero con el corto en la mano y todas las copias de seguridad necesarias en sus sitio puedo decir que tenemos corto. Y que estamos contentos. Mucho.

La banda sonora

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Encontrar la música adecuada para el corto fue uno de los pasos más curiosos de todo el proceso. Sé que esto, desde el punto de vista de la gran novedad que era todo para mí, lo he repetido muchas veces. Pero de verdad que el proceso fue complicado, y extraño, incluso más que el sonido; porque una cosa es que cuando nos pongamos a escuchar con atención oigamos cosas que antes no habíamos oído, y otra distinta es que, además, esas cosas que oímos tengan que sonar bien y ser las adecuadas.

Yo toco el piano, y pensé que eso me ayudaría a hablar de la música con el compositor. Pero, aún así, es complicadísimo para alguien que no sabe componer, hablar de la música. Es todo abstracto, es difícil transmitir cómo quieres que suene algo, o qué necesitas que se oiga en cada momento, o qué emoción quieres marcar o dejar sutil. No encontraba las palabras. Recuerdo que una vez le dije a Txolo, muy segura de que me iba a entender: "no, así no, necesito que suene un poco más como elefante, como un elefante caminando en la selva". Trabajamos por correo electrónico, así que no tuve la oportunidad de ver su reacción en directo, pero debió sonreír o algo parecido.

Pero es verdad que, en el fondo, las palabras no hacían falta. Le dimos muchas vueltas a la música, y al final nos quedamos con las dos canciones que Txolo había compuesto antes incluso de ver las imágenes. Antes de rodar. Antes incluso de que tuvieramos a los actores. Se leyó el guión y compuso un tema. Y luego otro. Los escuché y le dije que me encantaban, pero que no sabía si iban a encajar con las imágenes finales. Y durante mucho tiempo le dimos vueltas a otras alternativas, muy distintas, que tampoco me convencían. Para, al final, volver al principio.

Aquí os presento las dos canciones principales del corto. Todo gracias a las manos, el arte y el acordéon de Txolo M., del que podéis escuchar más temas en su web aquí enlazada. Hemos titulado las canciones más o menos por el momento en el corto en el que aparecen. La principal, y la que se desarrolla con variaciones en todo el corto es "El intercambio":

Y cerramos el cortometraje cuando caen los créditos, al empezar a sonar "Un traje a la medida".

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A lo largo del proceso de post-producción he ido pasando por diferentes salas oscuras con mis jefes de equipo. Oscuras por la falta de luz, claro, no quiero hacer ninguna metáfora de situación.

La más extraña, por la novedad, fue la sala de montaje. Que no era muy oscura porque Jonás estaba editando en directo y creo recordar que no teníamos persianas. A veces apagábamos la luz para ver bien lo que teníamos delante. En la sala de montaje, la primera de todas, se empieza a ver la película de otra manera, de una manera que —yo, por lo menos— no me esperaba para nada. Y eso te preparaba bastante bien para las otras dos salas oscuras: la de sonido, y la de color. Yo las llamo así, que nadie se ofenda por mi pequeña licencia para la invención de términos técnicos.

Después del montaje viene el sonido, y la sala donde se mezcla el sonido es también bastante oscura. Al menos en las que he estado no tenían ninguna ventana, solamente un pequeño cristal para que desde arriba se proyectara la película. No sé si le pasará a todo el mundo, pero a mí el cambio de chip de la edición de imagen a la edición de sonido, me costó bastante. Al principio no escuchaba nada, llevaba dos o tres semanas tan pendiente de la imagen que casi me había vuelto sorda. También era mi sistema de sonido casero, claro, muy malo en comparación al equipo que tenía David en casa, o a la sala donde mezclamos al final. Cuando escuché el corto por primera vez y empecé a ser consciente de la cantidad de capas de sonidos que tenía, me quedé muy quieta, para no perderme nada. De repente escuchaba sonidos que hasta ese momento y sin prestar atención, no había oído. Fue muy curioso, se disfruta mucho el proceso, que estamos muy viciados —qué le vamos a hacer— a que nos entre todo por los ojos.

La última sala oscura, la más oscura de todas, es la sala de color, donde etalonamos a principios de semana con Juan y con Aitor. Es donde se cambia el color y se hace algo de magia. Y se habla, vaya si se habla, se habla todo el rato. Se utilizan palabras de la jerga extraña del color, que si el elemento N de la imagen está muy subido, que si está muy denso, o muy ruidoso. Que si tiene demasiado verde, o demasiado azul, o demasiado magenta..., que si ponemos una máscara o la quitamos, que si el vector ha dado problemas, que si hay que aterrizar la imagen —esta es mi expresión favorita—. En fin, toda una experiencia. Y de ahí sale el corto ya más que perfecto, todo ajustado, todo equilibrado, todo bien listo para que podamos verlo dentro de muy poquitos días.



La clave de esta historia era el niño protagonista. Si encontrábamos a Óscar todo iba a ir rodado. Y Daniel Avilés era el mejor niño que pude encontrar, era un Óscar despierto, con cara de pillo y con dos ventanitas donde debían estar los dientes de delante. Por no hablar de todo el entusiasmo y la vida que tiene dentro, Dani tiene más energía que todos nosotros juntos. Y es un lujo trabajar con él, es cariñoso, juguetón y sabe escuchar con todo el cuerpo.

Lo conocí gracias a Víctor Bárcena, que rodó con él Las manos de Abel. Antes de ese cortometraje tengo entendido que no había hecho nada más, pero según Víctor tenía muchísimas posibilidades para cualquier papel. Y así era, además de divertirse mucho con todo, se entregó a la historia, al equipo y a los demás actores. Lo pasamos muy bien. Ahora podemos verlo en la nueva serie de Antena 3, Los protegidos, donde interpreta a Carlitos.

El hombre con traje es Antonio Rodríguez, director de teatro, actor y amigo mío, que trabaja además de en su Escuela de Lectura, en algunos talleres para Escuela de Escritores. Le dije que siempre había pensado en él para el hombre con traje de debajo de la cama, y es verdad, fue la primera cara que me vino después de visualizar los pies, el traje, la corbata. Era perfecto desde siempre.

Lo mejor tanto de Antonio como de Dani era lo bien que se entendían. Lo vimos desde el primer ensayo en casa, entre Antonio y yo le contamos a Dani la historia de principio a fin, y a partir de ahí salió el resto del trabajo que hicimos en el rodaje. Creo que de todos los días de la producción, ese ensayo fue donde más disfruté. Recuerdo la cara de Dani escuchando a Antonio hablar del hombre con traje, del niño, y de cómo se tenía que mover y comportar un actor. Y la mía, y cómo fuimos hilando paso a paso la historia, hasta el final, hasta el botón. Ahí apareció una de las grandes dudas de Dani, cómo era eso de que caía el botón y porqué...

Para cerrar el reparto teníamos a Marisol López y a Paco Obregón, que también vienen del teatro e hicieron de los padres que yo necesitaba exactamente para ese Óscar. Les dieron, y de una manera magistral, voz, rostro y forma a los personajes, porque esos dos personajes los tenía apenas esbozados en la cabeza, eran un par de rasgos de personalidad. Coincidí con ellos en el cortometraje que rodamos el año pasado para Escuela de Escritores, Al dente, y me encantaron. Por no hablar de todo lo que aprendí con ellos, entre Jaime y los cuatro me enseñaron todo lo que no sabía sobre dirección de actores.

Imagino que todo esto aclara el gran papel colaborador de Escuela de Escritores en todo el proyecto. Por no hablar de los hombres de traje, que más o menos un ochenta por cierto son plantilla de la Escuela. Pero de eso ya hablaré otro día.

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