Todavía queda un mes para que el corto se estrene en cine, y algo más para que empiece la distribución. Así que tengo algo de margen para hablar de las personas que me han ayudado a rodarlo, y hay alguien importante a quien no he mencionado aún en ninguna entrada: Alexis Arderius, mi ayudante de dirección. Lo conocí gracias a Jaime, y los dos han sido las piedras angulares de este corto. Como los dos lados del triángulo que sujetan a la hipotenusa. Pues lo mismo.
Siempre he oído que el ayudante de dirección era el que controlaba el tiempo en un rodaje, y que por tanto era muy importante que tuviera las cosas claras. También decían que un mal ayudante de dirección te puede hundir un rodaje, que un buen ayudante debe tener una voz potente y ser muy amable, y muy diplomático. Algo así como un negociador perfecto, vaya. Yo me imaginaba, con la mezcla de todas estas cosas, a alguien con miles de objetos colgados en el cuello: un megáfono, un reloj enorme, planos del lugar, cintas métricas, varios teléfonos, un botiquín de primeros auxilios, en fin, un poco de todo y siempre por si acaso.
No he tenido más ayudantes de dirección, pero tengo claro que si alguien me pide que le recomiende a alguien les diría que Alexis. Antes del rodaje y desde la primera reunión, me ayudó a hacerlo más real, a ordenarlo poco a poco; me preguntaba qué cosas me preocupaban y, una a una, se encargaba de resolverlas. En rodaje se portó muy bien, y fue complicada la cosa porque íbamos muy retrasados y hubo que meter tijera, sobre la marcha, en muchas escenas más que planificadas. Es decir, que todo su plan de rodaje se vio trastocado una y otra vez, una y otra vez. Yo confieso que estaba más que perdida, era imposible llevar un orden de todo eso, miraba a Jaime de vez en cuando y confiaba en su cuaderno de script y sus afirmaciones con la cabeza. Alexis sí llevaba el orden. Y además resolvía y filtraba todos los problemas para que, si llegaban a mí, ya estuvieran masticaditos. Todo esto con una sonrisa, claro.
Recuerdo que después de uno de los momentos de bajón —porque los hubo, claro, que yo el sábado por la tarde tenía clarísimo que eso no lo acabábamos ni de milagro—, me llevó aparte y me dijo algo así: cuando acabe todo esto vas a recordar este momento con mucho cariño. Y tenía razón, porque cuando todo la montaña se hunde —o el escalador llega a la cima— estamos más que vivos, y claro que lo recordamos con cariño.


