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El cuerpo fantasma o el efecto lanzadera

He vivido tanto el último mes, enero de 2018, que si no lo transformo en palabras inmediatas, acabará por crecerme un árbol dentro. Mi yo-árbol, de existir, explicaría lo que cada vez más experimento en los aviones, y que llamo efecto lanzadera.

En Madrid, en el Parque de Atracciones, existe una famosa máquina llamada así, La Lanzadera. Son cuatro asientos, te suben voluntaria y lentamente hasta arriba (63 metros), te dejan unos segundos eternos suspendido en el aire, con las piernas colgando, observando tu sombra gigante y la de tus acompañantes proyectada sobre Madrid (esta es la parte bonita) y te sueltan en caída libre cuando no lo esperas (a 80 km/h). Teóricamente son dos segundos de caída, pero se sufren como diez. Yo lo experimenté cuatro veces seguidas el mismo día porque sabía que nunca más iba a subirme en esa máquina. Lo hice para recordarla, y para intentar comprender porqué me resultaba tan desagradable. Lo que sentí fue muy simple, aunque se rieron mucho de mí ese día puedo recordarlo con viveza: una parte del cuerpo baja (el cuerpo físico), y baja en caída libre y después se levanta y camina como un pato. Pero hay una parte del cuerpo, más insustancial e invisible, que se queda ahí arriba, 63 metros más arriba. Esa parte, que sale del cuerpo físico en forma de grito en la caída (porque si no gritas alguna membrana se te rompe o te estalla alguna célula) y a la que me gusta llamar cuerpo fantasma, tarda en volver al cuerpo físico unos minutos. Y cuando el fantasma está fuera del cuerpo se experimenta una sensación muy fuerte de no estar completo.

El cuerpo físico y el cuerpo fantasma según Sergio Bustamante. Tlaquepaque, noviembre 2017.
El cuerpo físico y el cuerpo fantasma según Sergio Bustamante. Tlaquepaque, 2017

Esta explicación causa risa cuando la cuento, pero es exactamente la mismo que experimento en las montañas rusas (ese día también lo comprobé, y tomé la decisión de que los parques de atracciones no son para mí), en los trenes de alta velocidad y hasta en los coches. En decir, en todas las máquinas que me desplazan o me mueven en contra de mi voluntad (no me ocurre ni patinando, ni esquiando; a pesar de la velocidad, porque no hay máquina, solo un instrumento que se desliza pero que puedo controlar, y no es externo al cuerpo físico). Este efecto lanzadera, por alguna razón, lo estoy empezando a notar también en los aviones, lo cual tiene sentido porque los aviones en vuelos comerciales se desplazan a más de 1000 km/h. Sobre todo lo noto en los vuelos transatlánticos que duran más de diez horas y en los que, además, se cambia de huso horario, de clima y de idioma. He llegado a la conclusión que soy más árbol que pájaro. Los árboles no están hechos para arrancar sus raíces, ponerlas sobre los hombros y caminar. Y aunque he aprendido a hacerlo porque no he tenido otra, me cuestan las transiciones. Cuando viaja mi cuerpo físico, mi cuerpo fantasma tarda un poco en seguirle el ritmo, se queda atrás cuando salgo de casa, y se queda del lugar donde vengo cuando vuelvo. Tardo un par de días en lograr que mi cuerpo fantasma y mi cuerpo físico vuelvan a ser uno solo.

Algunas personas a esto lo llaman jet lag.

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