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A modo de crónica del Hay Festival 2018

Portada de la edición colombiana de la antología. Tragaluz, 2018
Portada de la edición colombiana de la antología. Tragaluz, 2018

Son las 17.40 hora de Bogotá. Las 23.40 en Madrid. Vuelo en un avión de Avianca, quedan por recorrer 5.991 km hasta Barajas, volamos a 913 km/h y hemos recorrido 2.231 km desde que el despegue. Ahora mismo sobrevolamos una isla llamada Basse-Terre y mi compañera de asiento me odia porque tengo la luz de lectura encendida y no puede dormir. Seguramente el resto de pasajeros me odie por lo mismo (soy la única pasajera que está utilizando la luz de lectura), pero además de garabatear estas notas en un cuaderno estoy leyendo la antología de Bogotá39 (Tragaluz, 2018). Quiero seguir el orden alfabético. Tengo la ilusión de terminarla antes de aterrizar, pero son 339 páginas y la empecé al subirme al avión. ¿Leyendo qué cuento, o fragmento de novela, aterrizaré en Barajas? Barajas que ya no se llama Barajas, sino Aeropuerto Adolfo Suárez (siempre se me olvida y cuando lo anuncian en voz alta no sé a dónde estoy llegando).

Luciana Sousa y Mariana Torres en modo millennial
Luciana Sousa y Mariana Torres en modo millennial

Mi memoria y la falta de horas de sueño me impide ordenar cronológicamente lo que he vivido los últimos diez días. Sé que llegué a Cartagena de Indias el lunes 22 de enero. Sé que vine un par de días antes del festival para darle tiempo a mi fantasma a situarse y llegar. También quería descansar. Sé que fui a la playa con Luciana, que subimos en una lancha y que nos asustamos en las primeras filas de los saltos por las olas, y que las dos maletas —valijas, decíamos— de una pareja que nos acompañaba casi acaban en el fondo de mar Caribe. Encontramos Baru. Encontramos un árbol con sombra. Comimos pescado con las manos. Nos reímos, tomamos sol, nos hicimos muchas fotos. Nos vestimos de colores y nos compramos sombreros y gafas de sol. Caminamos por Cartagena de Indias para hacer un mapa de sus balcones con flores y plantas. Vimos dos perezosos—uno con cría— en el parque Centenario. Y sé que, a partir del miércoles, dos días después de nuestra llegada, los otros 37 fueron apareciendo en escena, y que todo a partir de ese momento se empieza a desordenar y a suceder y a mezclarse y a difuminarse.

Liliana Colanzi, Martín Felipe Castagnet, Cristian Romero, Mariana Torres, Eduardo Plaza, María José Caro, Juan Manuel Robles y Sergio Gutiérrez Negrón
Colanzi, Castagnet, Romero, Torres, Plaza, Caro, Robles y Gutiérrez Negrón

Una torre en la residencia de escritores del Instituto Caro y Cuervo. Cada planta de la torre tiene una función: primera planta cocina, segunda dormitorio, tercera estudio. Gonzalo se asoma desde la ventana del cuarto piso, desde abajo casi no se le ve. Abajo, al césped, han ido cayendo varios. Brenda y Luciana y dos chicas más caminan hasta el banco del fondo, y se sientan y se oyen sus risas desde donde estoy yo. Todos tenemos hambre. En la imprenta patriótica hemos buscado letras metálicas para que impriman nuestras palabras. En un viaje en bus Samanta me pregunta por mis cicatrices. En otro bus me duermo escuchando voces familiares recomendar libros. Alguien nombra La guaracha del macho Camacho y eso me conecta con las clases. En otro bus Cristian me enumera todos los autores españoles que conoce, y me sorprende que haya conseguido ciertos libros viviendo en Medellín. Ese día ya estoy con gripe y no puedo parar de estornudar. Pero Cristian no me abandona. En otro bus hablo mucho con Sergio, y como es alto solo tiene que girar la cabeza. Escribo todas las recomendaciones para que no se me olviden. Y en todos los buses, como pasaba en el colegio, el mismo grupo de chicos se sienta al fondo, en la última fila. Y Juan Cárdenas mira el futuro en una foto mientras los demás reímos y miramos a cámara.

Luciana Sousa, Valeria Luiselli, Samanta Schweblin, Martín Felipe Castagnet, Mariana Torres, Daniel Saldaña París, Daniela y Natalia Borges
Sousa, Luiselli, Schweblin, Castagnet, Torres, Saldaña París, Daniela y Borges

No cantamos en ningún bus. Tampoco vamos al karaoke. Solo hablamos. Mucho. En un avión viajo al lado de Luciana y no hablamos, pero me duermo arrullada por la voz de Brenda, que sí habla dos filas delante. Y se ríe y tiene una almohada de boa verde en torno al cuello. Ese día estamos cambiando de ciudad y cuando llegamos a Bogotá hace frío. Ese día ya nos han separado de algunos, somos unos veinte. Ya nos hemos ido despidiendo. Mauro Libertella, al llegar al hotel, quiere comerse los sándwiches que parecen sobrar, pero no lo hace. En Cartagena de Indias vivimos de fiesta. Por alguna razón es imposible dormir más allá de las ocho de la mañana. Desayunamos, caminamos al sol y escuchamos mesas redondas y comemos y bebemos jugo de lulo y cerveza. Un día en una fiesta me dejo mis dos bolsas de libros. Ese día me asusto, pero la encuentran. Luciana y Gonzalo me esperan pacientes a que pregunte a los guardias del hotel. No me dejan sola, y les quiero muchísimo ese día. Las bolsas aparecen. El guardia me interroga por su contenido: “libros”, le digo, “muchos libros”. Uno es mío. Pero que el contenido sean libros no es significativo, y hasta que no describo el sombrero que los acompañaba (blanco, de flores azules, sombrero que días después pierdo también) el guardia no me devuelve las bolsas. Ese día vamos a una fiesta donde sí hay cerveza. Ese día conocemos a Cristian, que nos observa desde las escaleras con su sombrero (auténtico, no como el mío).

Cristian con Antonio García Ángel (Bogotá39-2007). Foto de Daniel Ferreira
Cristian con Antonio García Ángel (Bogotá39-2007). Foto de Daniel Ferreira

Algunos bailan. En un momento bailamos casi todos. Nada se pierde ya. Abrazo a Natalia en la recepción del hotel porque no viene a Bogotá, me deja su primer libro de cuentos, en portugués. El día anterior charlamos sentadas en el suelo en uno de los patios llenos de selva de Cartagena. Porque en Cartagena de Indias todo son enormes casas coloniales con patios llenos de selva. Recuerdo a Samanta hablando con Allan cuando aún no lo conocíamos. Recuerdo pensar que ambos eran altos. Era la primera fiesta, era al aire libre y había una banda de música. Fue la mejor música. Algunos bailaron. Recuerdo a Juanma y a Majo y Claudia esa noche. Yo también bailé. Juanma me preguntó qué estaba escribiendo.

María José Caro y Claudia Ulloa. Foto de Daniel Ferreira
María José Caro y Claudia Ulloa. Foto de Daniel Ferreira

Gonzalo, Felipe y yo nos hicimos una foto con Mordzinski juntos. Ellos me abrazan y yo miro a cámara. Creo que nunca veremos esa foto. Ese día los conocí a los dos. Ya tenía tos, y tomé un jugo de limón con jengibre y miel. Ese día Samanta nos salvó a Gonzalo y a mí, porque nos agarró y nos llevó a la comida, que era en un lugar nuevo, en taxi. Para compensar que el día anterior nos perdiera a muchos con su interpretación creativa de los mapas de las mesas redondas. Entre Castagnet y Samanta casi convencen al guardia de que ellos tenían un acto con Pilar Quintana ahí dentro pero no sabían. Ese día tomamos café. Recuerdo que estaba con todos mis nuevos amigos argentinos y quise hacerme una foto para mi mamá, pero se me olvidó. Si caminábamos con Castagnet no nos perdíamos nunca. Sé que le escuché hablar de la editorial Minotauro y quise saber más. Nadie más fue a ver al perezoso. Se convirtió en una leyenda que solo conocíamos Luciana y yo.

Brenda Lozano. Foto de Daniel Ferreira
Brenda Lozano. Foto de Daniel Ferreira

Claudia despertaba por la noche. Cuando todos estábamos agotados ella brillaba, como un pajarito nocturno. En los desayunos me entretenía mirando a la nena de Laia, la más seria de la mesa. Algunos días se habló de fútbol. Me crucé con Valeria y Eduardo Rabasa que volvían un día de la playa. La última mañana nos levantamos a comprar libros, y fui con Eduardo Plaza, y Gonzalo y Daniel Saldaña, y no nos perdimos y compramos mucho y nos encontramos a Valentín a la vuelta. A Gabriela la conocí el segundo día, con su bebé, y recuerdo la lectura de su poema sobre la lluvia. De la lectura de poemas lo recuerdo todo. Ese día estaba a mi lado Lola, que cuidó de mí. Ese día nos camuflamos para no ser expulsados por el guardia que me pedía que hiciera fila.

Diego Erlan. Foto de Daniel Ferreira
Diego Erlan. Foto de Daniel Ferreira

Damián cuando se despidió de mí en Bogotá estaba apagado, después vimos que intoxicado por algo que comió. Pero ahora está bien. El último desayuno fue triste, bajé demasiado temprano y las mesas del hotel estaban llenas de desconocidos. Extraños. Como pasa en el mundo real. Me senté sola, en una mesa para dos, enfocando bien el ascensor. Y bajó Gonzalo, que me vio, y Majo, que me buscó, y Eduardo y después Luciana y Claudia y Laia con su bebé, y Sergio, con su mujer, y todo fue mejorando. Comí y charlé con Daniel Ferreira en esa mesa de fila donde comimos el día de la imprenta. Daniel nos hizo las fotos tan bonitas en blanco y negro que se ven por aquí. Ese día conocí a Antonio García Ángel. Hablé con Liliana, menos de lo que me hubiera gustado, pero la escuché en las mesas y me firmó un libro. En dos mesas estuve con Diego Erlan y sus palabras tranquilas. Frank me vio firmar libros. Por alguna razón estuvo presente cuando firmé los cuatro libros que me hicieron firmar esos días. Uno fue de una chica lindísima que me buscó en medio de una fiesta para que se lo dedicara. Giuseppe siempre cariñoso. Y presente. Si yo conseguí hablar con todos, él también. Emiliano me pidió un encendedor, me lo robó y luego se lo pedí otra vez. Ahora me da pena no habérselo regalado, era amarillo fosforito, de Santander. 

Las chicas mirando el sol. Foto de Daniel Ferreira
Las chicas mirando el sol. Foto de Daniel Ferreira

Con JM Soto casi no hablé, llegó de los últimos, pero me hice con su libro y le robé una firma. En las comidas del Santa Clara los postres eran bonitos y coloridos, algunos verdes, otros como pequeños cocodrilos. Recuerdo las gafas de Sergio (degradadas) y las gafas de Mauro Cárdenas. De Mauro recuerdo sus zapatillas blancas e impolutas, y los calcetines de colores a los que hubiera hecho fotos. Pasé muchos minutos junto a Cristian sin hablar y observando a la gente. Y una noche Gonzalo y yo esquivamos a los grupos que querían seguir de fiesta. Ese día perdimos a Allan en un puesto de comidas (puede que aún siga allí, esperando). Otro día Brenda nos convenció a todos para comer arroz con coco, pero llegamos tarde, y cambiamos de sitio. Ese día Mónica llegó tarde a su mesa por culpa del taxi.

Mónica Ojeda, Mariana Torres y Gonzalo Eltesch
Con Mónica y Gonzalo

La alegría que tuve al saber que Mónica vivía en Madrid y Gonzalo en Barcelona me sigue durando. No comimos arroz con coco. Sí hablé de Londres con Carlos Fonseca, de Viena con Allan y de Edimburgo con Laia. Gonzalo me habló de Barcelona. Y Diego Zúñiga nos guió por librerías bogotanas. Muchos no nos despedimos, solo desaparecimos de un segundo a otro. Sé que abracé la edición argentina de la antología, tan bonita, que casi la robo pero finalmente se la devolví a Samanta, que no perdí ningún avión, que no perdí ningún libro ni perdí ningún zapato. Solo perdí el sombrero.

Sé que, después de esa mañana del último desayuno, donde la realidad de extraños mutó en segundos por mi realidad de caras conocidas y queridas de los últimos días, hice la maleta, apreté bien todos los libros y me marché en un minibus muy grande para mí sola. Creo saber que ahora estoy volando y que parte de mí se ha quedado atrás, entre las paredes de colores de Cartagena de Indias. El panel dice que estoy volando a 915 km/h, mi compañera de asiento se mueve y gruñe. Pero yo sigo escribiendo. Sigo siendo la única luz de lectura del avión. Allá fuera está todo oscuro.

Margarita Valencia, editora de la antología. Foto de Daniel Ferreira
Margarita Valencia, editora de la antología. Foto de Daniel Ferreira

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