tigre-bebe

Recuperar el sueño con posatigres

Hace tantas semanas que no recordaba, por falta de tiempo, por falta de espacio, los sueños; que casi me han sorprendido los tigres. Esta noche soñé con tigres cachorro (seis, en concreto, seis tigres cachorro que tenía que transportar en pequeños tubos transporta-tigres que se ataban como cometas al cielo y volaban en ondas mientras atravesábamos, los tigres y yo, una extensión verde y viva de césped al anochecer).

Y no he podido despertarme con los posatigres, del padre de los cronopios, y recordar mi propia lectura de que aquí no se habla de otra cosa que de la creación literaria, de la escritura, en concreto, de la novela.

Como para no soñar con tigres.

Aquí Cortázar con un tigre bien posado.
Aquí Cortázar con un tigre bien posado.

Mucho antes de llevar nuestra idea a la práctica sabíamos que el posado de los tigres planteaba un doble problema, sentimental y moral. El primero no se refería tanto al posado como al tigre mismo, en la medida en que a estos felinos no les agrada que los posen y acuden a todas sus energías, que son enormes, para resistirse. ¿Cabía en esas circunstancias arrostrar la idiosincrasia de dichos animales? Pero la pregunta nos trasladaba al plano moral, donde toda acción puede ser causa o efecto de esplendor o de infamia. De noche, en nuestra casita de la calle Humboldt, meditábamos frente a los tazones de arroz con leche, olvidados de rociarlos con canela y azúcar. No estábamos verdaderamente seguros de poder posar un tigre, y nos dolía. Se decidió por último que posaríamos uno, al solo efecto de ver jugar el mecanismo en toda su complejidad, y que más tarde evaluaríamos los resultados. No hablaré aquí de la obtención del primer tigre: fue un trabajo sutil y penoso, un correr por consulados y droguerías, una complicada urdimbre de billetes, cartas por avión y trabajo de diccionario. Una noche mis primos llegaron cubiertos de tintura de yodo: era el éxito. Bebimos tanto nebiolo que mi hermana la menor acabó destendiendo la mesa con el rastrillo. En esa época éramos más jóvenes…

Ni un día más sin volver a la novela. El año del gallo, el del tigre, o de todos los gatos juntos. Solo nos queda el arca, los elefantes rosa y los vestidos de seda (y los lobos vestidos de abuelita, sí, esos también nos quedan).

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