Dublín. Disney Store. Marzo, 2016

Las voces de la novela

Ese momento de alivio en el que, por fin, después de muchos tanteos, se encuentra la voz de la novela. Para que se produzca la sensación de alivio es imprescindible que surja aparejada la seguridad. Una seguridad sólida, palpable. Es muy parecido a ponerle cara y voz a un amigo al que conoces en la distancia durante años, del que nunca has visto fotos, y que, de repente, se presenta en tu casa, se sienta en tu sofá y le miras bien, le escuchas e interrogas. Primero hay sorpresa, no acaba de casar la cara, el tono de su voz con lo que te habías imaginado. Pero cuando pasan cinco minutos todo encaja, y nunca más lo visualizarás de otra manera.

Dublín. Disney Store. Marzo, 2016
Dublín. Disney Store. Marzo, 2016

Y con la novela, además de esta seguridad de reconocimiento, aparecen las pruebas claras: la voz  surge tan fluida que, todo lo planeado corre, el narrador casi camina solo, no hay que darle más que una meta aproximada al final del capítulo para que camine, cuente, dibuje. Porque encontrar la voz, a fin de cuentas, es encontrar el punto justo de vista del narrador, la posición, los tiempos verbales exactos, el sonido, el equilibrio entre lo que se cuenta, lo que se contó y el tiempo que ha pasado desde que se contó. Ese narrador que es la voz sabe perfectamente manejar los distintos malditos pretéritos, y no sabe porque lo piense, lo sabe porque ningún animal tiene que pensar cuál de sus cuatro patas mover primero para desplazarse. Y no es solamente una cuestión de oído. Mi novela ha pasado por diferentes voces, muchas sonaban muy bien, yo diría que algunas mejor que la actual. Pero no eran capaces de contar todo lo que había que contar, no manejaban igual de bien todas las situaciones. Es como un niño aún bajito que no puede ver lo que ocurre al otro lado del muro, y por tanto no puede contarlo bien hasta que alguien le regala un banco al que subirse y mirar.

Voy a intentar recordar todos los pasos que he seguido estos días hasta dar con ello. No tengo la intención de escribir un decálogo ni un manual de reglas, pero sí me gustaría no olvidarme de todo lo que he podido hacer en los últimos días que me ha ayudado a llegar a este punto.

1. Comenzar diferentes lecturas, encontrar una que saque de contexto

Hace un par de noches comencé a leer La espuma de los días, de Boris Vian. Las situaciones son tan absurdas y extrañas que me ha sacado totalmente de contexto. También, desde hace días, estoy leyendo poemas de Neruda, por la mañana, exactamente de Estravagario. He picoteado de diferentes libros (siempre lo hago, leo a trozos libros de todo tipo). En los últimos días han sido los siguientes: Cruzando el paraíso, de Sam Shepard. Los cuentos de Agota Kristof en un volumen titulado No importa. Los primeros capítulos de Yoro, de Marina Perezagua y de Fiebre, de Matías Candeira. La voz transportista de Cicatriz, de Sara Mesa (que devoré en menos de veinticuatro horas). Y García Márquez, una vez más, con sus Crónicas de una muerte anunciada, que analizaré con mis alumnos de novela el próximo viernes (y de la que hablamos ya un poco el pasado). Hoy es domingo. Todo aporta.

2. Dar con un narrador y un punto de vista similar al tuyo

Siempre he dicho que mi cuento “Todos los colores” es un plagio del primer cuento de Juan Carlos Márquez en Norteamérica profunda. Aparentemente no tienen nada que ver, y de hecho animo a cualquiera a intentar compararlos. Pero en su día me sirvió muchísimo de ayuda para empezar mi cuento. Cuando escribí “Todos los colores” no había escrito antes un cuento de ese tipo, un cuento largo, con varias escenas encadenadas, más o menos realista, casi familiar. La estructura del cuento de Juan Carlos me sirvió de modelo para abordar el mío. Y entonces me salvó la vida, fue importantísimo encontrarlo. Desde entonces, cuando busco una voz nueva para una historia, intento encontrar un modelo. Es algo así como una referencia personal. Con esta última voz que he encontrado, la última de las tres que son (la que lleva la mayor parte del peso del argumento) ha ocurrido lo mismo que con aquel cuento. Mi referencia esta vez ha sido la maravillosa (y desconocida prácticamente) primera novela de Alfonso Fernández Burgos, publicada en Tusquets en 1999 y titulada Al final de la mirada. Es justamente la distancia del narrador con la situación lo que ha barrido todas las dudas. Exactamente esto:

[…] No fue de repente. Algo turbio intuyó cuando, una semana antes, con el nudo de la corbata deshecho y la americana del traje sobre un hombro, buscó la llave del apartamento en los bolsillos de sus pantalones. El ascensor había emitido un gruñico ronco mientras abandonaba el octavo piso y Eduardo vio desvanecerse la ventana de luz alargada a medida que descendía.

¿No se ve nada, no? Claro. He dicho que es personal. En este caso ha sido importante encontrar una voz no traducida, en español original. Porque mi problema no resuelto tenía que ver con los pretéritos. Los malditos pretéritos.

3. Aprovechar la situación presente. Y si es incómoda, tanto mejor

El proceso de encontrar la voz ha sido fruto del insomnio. Lo cual tiene sentido porque, la primera versión de esta novela, también nació de madrugrada. Recuerdo que entonces me desperté a las cinco, sin querer y sin ruidos, pero con una voz que hablaba en mi cabeza. Desde ese día hasta hoy han pasado cinco años. Y, esta pasada madrugada, en lugar de intentar dormir cuando era imposible (tenía una canción de mi adolescencia en la cabeza, repetidamente… en concreto) me levanté y me puse a escribir. Y la escena, además, empieza con uno de los personajes en una situación similar, no puede dormir después de varias horas dando vueltas en la cama. Los motivos son diferentes, pero la situación física era la misma. Esa conexión con lo que le ocurre físicamente a los personajes es tremendamente útil para arrancar. Tres horas más tarde en lugar de estar enfadada conmigo misma porque no podía dormir, estaba tan feliz con mi capítulo que me puse a desayunar chocolate y roscón. Luego me dormí, tan pancha, un par de horitas. Y es que ya lo decía Balzac, el novelista o madruga o trasnocha. Y añado yo: o tiene insomnio.

4. Tener la historia presente

Esta novela que tengo entre manos tiene ya muchos años de trabajo detrás. Gran parte de lo escrito está descartado porque era, únicamente, un trabajo de construcción del personaje y de la situación, de conocimiento de la historia. Como he pasado los últimos meses bastante centrada en la promoción de El cuerpo secreto, la parte más creativa de Mariana debía centrarse en otra cosa, algo nuevo, diferente. Y como he tenido poco tiempo para escribir me he puesto a esquematizar ideas, líneas de trama. Es como hablar solo sobre el propio texto, sobre el argumento. Antes de que pudiera escribir ese primer capítulo principal ya tenía estructurada con los puntos clave la historia central. El orden cronológico de sucesión de las acciones. Y, sobre todo, lo que va a ocurrir en los primeros capítulos, en especial cuando entra cada personaje principal en escena. De alguna manera al dedicar un ratito todos los días a escribir-pensar sobre esta estructura, ella misma ha ido tomando forma sin que me diera cuenta. Ahora mismo sé cómo acaba la novela; no sé cómo llegar a ese final, pero sé cómo acaba la historia principal. Lo que no tengo aún es la imagen final. Y sé que, cuando la tenga, daré el segundo paso importante.

En realidad solo hacen falta dos pasos, la voz y la imagen final. Con la voz echas a caminar con seguridad, y con la imagen final sabes a donde ir y dejas de dar vueltas en círculos o caer por barrancos. Lo demás son solo kilómetros y trabajo, zapatillas, tiempo.

5. Encontrar un título, aunque sea provisional

Esto es muy personal, pero a mí me ayuda muchísimo. Es un paso difícil para los que no sabemos poner títulos, pero cuando tenemos el título claro es como si la niebla se empazara a disipar. Yo tengo un título, que no adelantaré (porque no le gusta a nadie aún, dicen que es muy básico). Pero lo importante es que a mí me marca un camino muy concreto, una especie de meta temática y de contenido. Además de proponer un juego muy claro con el lector desde el principio —lo cual me sirve para ajustar las voces— también es una manera de dejar de llamar a todos los archivos relativos al proyecto solo novela.

6. Visualizar los personajes secundarios

De momento no tengo mucha idea de cómo es, físicamente, mi protagonista. Conozco su nombre, su edad, y qué puntos de su vida quiero contar. Pero lo que sí tengo claro, visualmente, son los personajes secundarios. Para iniciar la historia tenía que tenerlos claros porque son los que sostienen el entorno del protagonista en los primeros capítulos, donde ella está presente pero no puede hablar ni interactuar con nadie. Me ha bastado visualizar, dar nombre y acciones a los personajes que conviven con la protagonista, que sujetan el mundo mientras ella no está para hacerlo, para soltar el hilo de la historia. Nunca se me ha dado bien inventarme personas, así que lo que hago es describir casi exactamente. Todos mis personajes secundarios son personas que conozco. O más bien personas con las que me he cruzado, que no conozco lo bastante como para no tener problemas en inventarme cómo son por dentro.

7. Visualizar los escenarios

La historia de mi novela no transcurre en una ciudad concreta, o al menos no he pensado que fuera así. Pero si la voz principal que narra me ha salido tan fácilmente ha sido también porque he imaginado las acciones del personaje en una casa que conozco bien y que puedo prácticamente dibujar. Sé por qué lado de la cama se levanta, qué se encuentra en el suelo al hacerlo, qué hay cuando mira por la ventana, cuál es el camino que lleva al baño, a la cocina, a la cafetera. Hasta ahora no había utilizado, al menos conscientemente, una casa conocida para mis historias. Pues ayuda, y bastante. Al menos me ha permitido no tener que imaginármela por completo, que la imaginación está ahí para otras cosas.

8. Escribir con permiso de escribir algo malísimo

Y este es un consejo general, pero creo que nunca antes lo había aplicado tan en serio. Se lo digo casi a diario a mis alumnos, pero es la primera vez que lo hago de verdad, tan en extremo. Ha debido de ser por el insomnio, o por una mezcla de cansancio y hambre. Pero lo cierto es que no daba dos duros por la voz inicialmente. Estaba escribiendo por pasar el tiempo, para que amaneciera de una vez. Por entretenerme un poco. Porque ya no sabía que hacer. Era un acto de despesperación. La voz, desde ahí, ha salido tan fácilmente que no le he prestado ninguna importancia en su momento. Hasta que he vuelto a leerla y me he dado cuenta que, sin querer, la tenía cogida por las patillas. No la estaba buscando conscientemente. Podía haber escrito igual que podía haberme puesto a hacer ganchillo. Conclusión: nada de hacer ganchillo, la solución pasa por escribir siempre y pesar de todo.

2 comentarios en “Las voces de la novela

  1. Gracias por compartir este recetario tan preciso y generoso de un escritor en busca de su novela. Está llenode esos pequeños trucos que hacen la diferencia. Me hiciste acordar de mi suegra que hacía una torta de manzanas fenomenal y me pasó la receta que obviamente omitía detalles nimios, pero que marcaban la diferencia entre su gloriosa torta y mi fracaso.
    Gracias por la generosidad de compartir todo!
    Un abrazo fuerte desde Montevideo,
    Laura

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