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El origen del hombre araña

Ilustración de Esther Escola Fiz. Octubre, 2015
Ilustración de Esther Escola Fiz. Octubre, 2015

Hace ya muchos años que el niño sabe que Papá Noel no existe y que son sus padres quienes compran los regalos en Navidad. Esto le parece muy bien, porque prefiere que sean los padres. El niño siempre ha tenido inquina a la Navidad porque coincide con su cumpleaños. Sus padres aprovechan esta casualidad para hacerle menos regalos, “dos por uno”, dice su padre, “así ahorramos”. Y su madre añade casi al mismo tiempo, como un eco, “es una suerte, una bendición, hijo mío”. Es una bendición porque el día de Navidad es casi domingo y eso, a su madre, le facilita pedir un día libre. El niño no acaba de entender porqué su madre trabaja solamente los fines de semana y su padre tan lejos de casa, en esas plataformas petrolíferas en medio del mar.

Así que el niño, con padre y madre a la vez los dos en casa, y su cumpleaños tan cerca, debería estar feliz, “qué suerte que podamos celebrar los tres juntos tu cumpleaños”, le dicen y repiten muchas veces, antes de encerrarse en el dormitorio y poblar la casa de crujidos. Pero el niño tampoco está contento esos días, y mira que lo intenta con todas sus fuerzas. Hasta aprieta los dientes y se repite para dentro que sus padres están juntos, que están los dos en casa, que eso está bien. Les mira salir del dormitorio, riéndose, distendidos, y se tapa los ojos para después volvérselos a tapar y comprobar que siguen allí, que son reales. El niño cree sentir por dentro un calorcito, no sabe qué es exactamente pero que sí que nace del estómago y le invita a salir corriendo o pegar saltos, o subirse al techo de una carrera. Esos días le encantaría poder caminar por las paredes y recorrer así la casa entera.

La mañana de Navidad, el niño se despierta de un salto. Antes de quedarse dormido la noche anterior ha escuchado a sus padres envolver un paquete y cuchichear. Igual que el año pasado. El niño lo recuerda bien porque su regalo de entonces fue un ratoncillo, casi un recién nacido, que necesitaba tantos cuidados que le tuvo ocupado todas las vacaciones. El niño recorre el pasillo como si el cuerpo se le saliera de dentro y frena en seco antes de entrar al salón. Está aún en penumbra, al día no le ha dado tiempo ni siquiera a amanecer. El niño se acerca despacio al árbol de Navidad, cubierto de luces rojas. Solamente hay un paquete a los pies del árbol, un paquete pequeño y envuelto con papel carmín. Lleva una etiqueta con su nombre y una tarjeta de cumpleaños. No es como el paquete del año pasado, que le llamó lo cautivó enseguida porque tenía agujeros para que el ratoncillo pudiera respirar. El paquete de este año es diferente, pequeño, y casi no pesa, el niño lo agita con fuerza pero nada se mueve dentro, así que rasga el papel con ganas, rompiéndolo en tiras arrugadas. El paquete contiene una caja de metal. Una caja del tamaño perfecto para guardar sus tesoros, piensa, con un pequeño pasador en la tapa en el que está enganchado un candado con llave y todo. La caja es de metal y brilla muchísimo. El niño gira la llave, desengancha el candado y, al momento, la tapa se abre como la boca de un animal y lo que contiene la caja, que la llenaba hasta los topes, desborda por los cuatro lados. Es una tela elástica, brillante, con fulgores rojos y azules que se expande sin remedio por fuera de la caja. El niño tira de la prenda elástica hasta sacarla del todo, la acomoda en el suelo, extendiéndola bien, para ver de qué se trata. Cuando lo deduce no puede contener su alegría. Es un traje completo de hombre araña, con capucha incluida, ojos de mosca en la cara y pies de gato y perneras dobles. Lo mejor son los guantes, cada uno de los dedos parece tener un mecanismo que, sin duda, arroja tela araña firme y pegajosa. Es un traje de hombre araña auténtico.

El niño observa con ansias el traje estirado en el suelo, deseando ponérselo y convertirse cuanto antes en un hombre araña. Y está ya deshaciéndose del pijama cuando aparecen sus padres, y le rodean, le besan, le abrazan y le desean feliz cumpleaños. Su madre levanta el traje del suelo y lo agarra con cuatro dedos, lo expone estirado en el aire, pellizcado por la capucha, que cae hacia un lado como si no fuera parte del hombre araña. “¿Qué te parece?”, le pregunta su padre, “¿te gusta el disfraz?”, le pregunta su madre. ¿Disfraz? El niño mira con atención el traje que su madre sujeta en el aire. Se da cuenta entonces de que se le notan las costuras a los lados, que asoma una etiqueta que dice en letras enormes “fabricado en China” y que, ahora que se fija, le cuelgan, de los guantes, unos hilos blancos que duda mucho que puedan sujetar a nadie al techo.

“¿Es justo lo que querías, verdad?”, pregunta la madre, hablando más con el padre que con el niño, admirando lo bien qué está cosido el disfraz, lo reales que parecen los empalmes de hilo. El niño se limita a cerrar con la llave el candado de la caja de metal y subir a su habitación, bien apretada la caja contra el pecho. Ahora que tiene una caja con candado y llave, sus tesoros —que suman, hasta el momento, dos lagartijas quebradas, medio cráneo de gorrión y el cadáver disecado del ratoncillo— estarán bien escondidos y nadie nunca más le hará preguntas.

Cuento publicado en la antología Cuentos con estrella, publicado en diciembre de 2015. La ilustración es de Esther Escola Fiz. Colaboración con el proyecto “Contamos la Navidad”, que aúna veinte autores con veinte ilustradores alrededos de la temática navideña.