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Corazones como hueso de melocotón

Detalle de la librería "Cervantes y compañía" en Madrid. Noviembre, 2015
Detalle de la librería “Cervantes y compañía” en Madrid. Noviembre, 2015

Desde hace algunos años el primer libro de la lista de lecturas del segundo año del Itinerario de Novela de Escuela de Escritores es La balada del café triste, de Carson McCullers. Este es el segundo año que imparto el curso así que, una vez más, he devorado el texto. Pero es la primera vez que presto atención al siguiente fragmento maravilloso. Y con ello compruebo una vez más que todas las lecturas que nos atraviesan los poros —y particularmente durante la construcción de un libro— se quedan temblando en un eco que conecta con todo lo que tiene que ver con nuestra esencia más secreta; y cuando escribimos, sale en forma de planta o de cuento o de explosión volcánica.

Pero los corazones de los niños son unos órganos delicados. Una entrada dura en la vida puede dejarlos deformados de mil extrañas maneras. El corazón herido de un niño se encoge a veces de tal forma que se queda para siempre duro y áspero como el hueso de un melocotón. O, al contrario, es un corazón que se ulcera y se hincha hasta volverse una carga penosa dentro del cuerpo, y cualquier roce lo oprime y lo hiere.

La traducción de esta edición (Seix Barral, 2004) es de Marta Campuzano.

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