Museo de París. Noviembre, 2014.

Oídos sordos

Museo de París. Noviembre, 2014.
Museo de París. Noviembre, 2014.

Cuando era niña me encantaban los kioscos de Madrid. Solían estar abiertos a cualquier hora, exponer revistas y periódicos de colores en varios metros de calle y reservar un rincón para los cómics (los viejos Don Mikis, herencia de lo que yo conocía en Brasil como gibis de Mauricio de Sousa).

También tenían coleccionables nuevo en septiembre y enero, nuevos volúmenes de David el Gnomo o La vida es así. Unos amigos argentinos de entonces, eran dueños de un kiosco. Estaba en Nuevos Ministerios, a la salida de la estación de tren. Pasábamos todos los días, cada mañana de camino al colegio, cada tarde, a la vuelta, donde nos quedábamos un poco más y solía irme con un volumen de Los Snorkels, un especial de Disney o el Pequeño País del domingo. Me fascinaba aquel desorden, las pilas de revistas y periódicos, los paquetes de chicle, de tabaco, las monedas distribuidas en casillas. Estar en plena calle pero dentro de un refugio, algo provisional y metálico.

Esta mañana he parado en un kiosco a comprar un bonobús. Es lo único que sigo comprando en los kioscos. Le he preguntado a la kiosquera qué había sido de los coleccionables, de los viejos Don Mikis, de los cromos que vendían en paquetitos. Se lo he debido preguntar con el mismo tono de voz que tenía a los diez años, ese tono en la que nadie me oía por muy de puntillas que me pusiera. La kiosquera me ha mirado desde su refugio de metal mientras buscaba el cambio. Me ha entregado un bonobús nuevo y me ha respondido lo siguiente: «Hija mía, no veas cómo ha venido la alergia este año, cómo ha venido».

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>